Saludos a los puertos
Hombre del Ecuador, arriero, agricultor
en la tierra pintada de dos climas,
conductor de ganado sobre la cordillera,
vendedor de mariscos y banano
en la costa listada de luces y de mástiles,
cultivador del árbol del caucho
y dueño de canoas en el río Amazonas,
yo te mando el saludo de los puertos
desde estos paisajes manufacturados.
Ámsterdam de chocolate:
los zuecos de las barcas en el canal hortelano,
casitas peinadas y limpias
como sirvientas educadas
y un aire muy perito en la jardinería.
Hamburgo azucarado de nieve
con su pipa metida en la funda del Elba,
el lenguaje marítimo de las grúas chillonas
y la alegría naval
de los astilleros fundadores de colonias.
Marsella de barcas pintadas
con el color de los trajes de los hombres de color;
los vendedores de pescado
saben las canciones de las cinco partes del mundo
y se eriza en las mesas la piña de África
al lado del melón cosmopolita,
las aceitunas negras
y el fondo submarino
preparado en conserva.
Trenes equilibristas
sobre los puentes afilados de la noche.
El convoy atraviesa la cascada del alba.
He aquí hasta la mitad del cielo
París, el primer puerto de los hombres:
Muelles del Sena con su pesca de libros;
Luxemburgo, paraíso de las nodrizas;
Torre Eiffel, la jirafa de las torres.
Mi salud canta oyendo los aviones
de la primavera internacional
aserrar la madera preciosa del cielo.
Estoy en la línea de trenes del Oeste
empleado en el Registro del Mundo,
anotando en mi ventanilla
nacimiento y defunciones de horizontes,
encendiendo en mi pipa las fronteras
ante la biblioteca de tejados de los pueblos
y amaestrando el circo de mi sangre
con el pulso cordial del universo.
El hombre del Ecuador bajo la torre Eiffel
Te vuelve vegetal a la orilla del tiempo.
Con tu copa de cielo redondo
y abierta por los túneles del tráficos,
eres la Ceiba máxima del globo.
Suben los ojos pintores
Por tus escaleras de tijeras hasta el azul.
Alargas sobre una tropa de tejados
tu cuello de llama del Perú.
Arropada en los pliegues de los vientos,
con tu peineta de constelaciones,
te asomas al circo
de los horizontes.
Mástil de una aventura sobre el tiempo.
Orgullo de quinientos treinta codos.
Pértiga de la tienda que han alzado los hombres
en una esquina de la historia.
Con sus luces gaseosas
copia la vía láctea tu dibujo en la noche.
Primera letra de un abecedario cósmico
apuntada en la dirección del cielo;
esperanza parada en zancos;
glorificación del esqueleto.
Hierro par marcar el rebaño de nubes
Afiche centinela de la edad industrial.
La marea del cielo
mina en silencio tu pilar.
Pintura
Alegría del balneario
con un sol nadador y ventanas vestidas a cuadros.
Cada bañista inventa un color nuevo
y los peces de los muslos en el agua
burlan todo los anzuelos.
Alegría del balneario
con un ramillete de cabezas y un puñado de barcos.
El mar su red prende en la arena
con alfileres de plata.
el horizonte navega.
Alegría del balneario
lamido de olas, de viento y de años.
El árbol de cacao
El árbol de cacao,
arcángel preceptor del loro verde.
Docencia de frescura
en la tierra caliente.
Adicción de colores, sustracción de sonidos,
cifra total de sombra.
Con una vocación celeste, dictas
tus lecciones de aroma.
De rodillas y con las manos juntas,
oyendo el rumor de las colmenas microscópicas
tu beatitud madura.
Rico de pensamientos en almendra,
consignas en las páginas del aire
la novela de las tierras vírgenes
y hasta el olor de la jícara de las abuelas
en el comedor de puertas calladas
donde gotea el reloj de pared
como una media naranja.
Tierras, bosques
veían quemar el bosque.
Tapábanse los pechos las encinas vírgenes.
Ardían de rodillas los robles apóstoles.
Matías dijo: Nos quitan nuestra tierra.
Pájaros carpinteros, vendrán los telegramas
a fabricar sus nidos con briznas de letras.
¡Pisaran nuestro campo los postes sargentos!
No más sor encina, no más fray manzano.
El patojo Tomas, con su cesto de lunas,
hundió su puño cerrado en el ocaso.
Los labradores regresaron al pueblo
Pinchando con sus trillos la pechuga del cielo.
Corrieron las madres a encuadrarse en los quicios
anudándose al cuello un pañuelo de angustia.
Y se tumbó llameando el bosque paternal
con un mugido de res moribunda.
Hasta después de muchos días
los ojos colorados del incendio
siguieron asomándose a los vidrios
y ensangrentando el pan en las casas del pueblo.

Fuente: Antología de la poesía Latinoamericana de vanguardia (1916-1935). Autor: Mihai Grünfeld
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