A una mujer de Barcelona

Hundí la tecla
y apareció la sorpresa
ante mis ojos.
Luego ambos entramos
en la meditación del fuego
abocados a destruirnos.
Y fue verano
en la fugacidad de los valores,
ella adquirió
la porción que yo le di
para que existiera.
Entonces se hizo carne, bocado
para mis deseos,
y todo cuanto nos rodeó
vino a ser parte de la sombra.
Daniel Montoly © 2002
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