Wednesday, May 10, 2006

Entrevistas: Con Guillén a flor de pie


"Un escritor tiene siempre que tener un sentido crítico en relación con el mundo que lo rodea, con la sociedad que lo rodea"

Entrevistas: Con Guillén a flor de pie

por Magda Resik

La casona de El Vedado donde vivió gran parte de sus años altos la poetisa Dulce María Loynaz, es el escenario de un diálogo que no puede desentenderse de su entorno. «La primera vez que asistí a una sesión de la Academia Cubana de la Lengua —confiesa ante un gran público Nancy Morejón—, se debió a una invitación de Ángel Augier, exactamente el día en que iba a pronunciar su discurso de ingreso a la institución, dedicado nada más y nada menos que a Don Julián del Casal.

«No fue exactamente la única ni la primera vez que me había encontrado con Dulce María Loynaz, quien tiene una obra de las más deslumbrantes que pueda encontrarse en nuestro país y en nuestra lengua. Era una personalidad extraordinaria, muy conocida también porque tenía un carácter tremendo. Colaborando con la Casa de las Américas, tuve el privilegio de presentar el único disco que hizo Dulce María para la colección Archivo de la palabra.»

En aquel entonces Nancy Morejón no debió imaginar que ostentaría una de las letras de esa Academia Cubana de la Lengua que tantas veces sesionó en la casona de El Vedado, a donde regresó hace poco, cuya presidencia estuvo muchos años bajo el cuidado de la Loynaz.

¿Cuánta utilidad puede tener la Academia de la Lengua, si convenimos en que el idioma es un ente vivo que se transforma todos los días?

―El idioma lo hace y lo recrea el pueblo. Los académicos somos como unos notarios, como unos controladores de su mejor uso para fijar los códigos de una lengua. Por ejemplo, la lengua española es la que tiene, según el presidente actual de la Real Academia, don Víctor García de la Concha, uno de los códigos mejor entramados de las que existen. Sin embargo, hay que pensar que la lengua que hablamos hoy por hoy en Hispanoamérica dista muchísimo de la que recogió Cervantes en El Quijote, cuyo cuarto centenario hemos acabado de celebrar. Entonces, si estudiamos esos fenómenos desde ese punto de vista, nos enriquecemos extraordinariamente.

Esta no es una idea mía ni mucho menos. Me hago eco y vocera de las que considero que vale la pena difundir y apoyar. Es algo que escribió Nicolás Guillén alguna vez en uno de sus artículos, porque fue un escritor con un gran sentido del habla popular cubana. Existe la lengua escrita, esa que vemos en los periódicos y la de los géneros literarios… y existe el habla. Entre ambas hay una gran distancia, un gran abismo.

Pero no hay lengua mejor que otra, no hay una inferior a otra. Pueden ser más difundidas, menos difundidas, pero cada una tiene sus valores y su literatura. Cuando Guillén comentaba sobre algunos libros de carácter popular, decía: la función del escritor es fijar esa lengua y comprenderla. No se puede concebir un novelista, decía José Lezama Lima, que no sepa escuchar, conversar… para que los diálogos que reproduzca en sus textos tengan la autenticidad del habla. Es esa una de las artes más difíciles en la literatura, reproducir el habla, sostener un diálogo ágil.

Una novela con un diálogo ajeno al habla que le corresponde es un soporífero. Y el diálogo es el que nos permite exponer los argumentos, hilar las tramas… El pueblo fija esa evolución del idioma en cualquier cultura y el académico, cuya función es importantísima, recopila, decanta, apoya… pero la lengua, definitivamente, la hace la gente.

Vas a escribir poemas

En Nancy Morejón sobresale la poetisa. De su dominio de otras artes literarias nos ha ofrecido pruebas suficientes, incluso de su dominio de la oralidad, pero el lenguaje lírico es su propia naturaleza. Nicolás Guillén, el amigo de cuyas influencias literarias se precia, nos legó quizá la mejor definición de su índole poética: «Pienso que su poesía es negra como su piel, cuando la tomamos en su esencia, íntima y sonámbula. Es también cubana —por eso mismo— con la raíz soterrada muy hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se le puede ver solo el instante en que la Tierra se detiene para que la retraten los cosmonautas».

Escribir es para Nancy necesidad e impulso irracional. Con los años, el anhelo es que su escritura sirva para despejar incógnitas relacionadas con la identidad nacional y la interculturalidad. Pero esa coherencia existencial y literaria solo cobra verdadera lógica si nos acercamos a su niñez.

¿Ha dicho que no puede jamás esconder o tapiar la infancia ni renunciar a su pasado?

―Naturalmente que no. Es una de las razones que lo hacen a uno volcarse sobre una página en blanco. Soy de los escritores que piensan que estar debajo, enfrente a una página en blanco, es un gran reto, como si uno estuviera realmente frente a un abismo.

Después, esa sensación se va controlando y uno va logrando que, a la vez que van cayendo palabras en esa página, algo se vaya armando. Entre las lecturas y la práctica del oficio literario uno va articulando algo. Mi origen es fundamental y la vocación literaria se despertó en mí desde muy niña…

Desde los nueve años, ¿no?

―Nueve años exactamente, pero en realidad no tenía conciencia de esa vocación. Sin embargo, ya entrada al bachillerato, antes del año 1959, en un ejercicio que nos puso la doctora Elena López —nuestra profesora de Literatura— sobre la Odisea, descubrí en el capítulo de la gruta de Polifemo; descubrí, en fin, la fantasía.

Hice muy bien mi ejercicio, ella me calificó con muy buenas notas y me dijo: «Bueno, a ti te gusta escribir». Yo le contesté: «no escribo», pero me quedé con algo rondándome hasta que le confesé que llevaba un diario. Me lo pidió y se lo di en la clase siguiente. Eran mis notas, todas las cosas que yo no podía comunicar directamente a mis padres —con quienes siempre tuve una comunicación muy fraternal y abierta—, y que estaban anotadas en ese diario.

Después de leerlo, la profesora me dijo: Mira, tú no lo sabes, pero en ese diario hay poemas y si te interesa la literatura vas a escribir poemas. Cuando ingresé en la Universidad mi vocación se fue cumplimentando.

Nací en un hogar humilde. Los oficios de mis padres fueron hermosos: mi padre era marinero y después de la Segunda Guerra Mundial fue estibador en los muelles de La Habana; mi madre era una modista. Sin embargo, los dos eran personas con una gran conciencia de su clase y muy entregadas a las luchas civiles y sindicales de aquel momento.

De manera tal que mis primeras lecturas fueron, por ejemplo, la propia obra de Nicolás Guillén que conocí en la humilde biblioteca de mi padre. Nunca lo leí en ediciones cubanas, sino concretamente en las ediciones Losada, de Buenos Aires.

Escribí en esa época sin conciencia, y mi primer libro fue publicado en 1962, en Ediciones El Puente. Es un cuaderno que agradezco a un primo mío que pasó todos aquellos apuntes diarios. Fue mi primera incursión en la literatura, de manera que ese primer cuaderno está lleno de la experiencia de la infancia, que ya yo dejaba, y del inicio de mi adolescencia.

¿Cuán trascendente para la literatura cubana le resulta la obra de Nicolás Guillén?

―Conocí a Guillén en la playa de Santa María del Mar, alrededor del año 1961. Yo era traductora de francés y estaba como guía de una delegación de ferroviarios franceses que asistían a un Congreso de trabajadores del transporte. Había un gran banquete y a los que yo les traducía me decían: «nosotros queremos ver a Guillén, por favor, llévenos; nosotros lo conocimos en París durante su exilio y quisiéramos saludarlo…»

Me las ingenié para llegar hasta donde estaba Guillén, me presenté como guía de la delegación y pensé que iba a tener que traducir constantemente lo que dijesen los ferroviarios. Fue un chasco horrible porque Nicolás hablaba un francés muy bueno, con un poquito de acento, pero perfecto. De manera tal que yo pasé a un quinto plano entre los ferroviarios y Guillén y ellos se entendieron perfectamente con sus remembranzas parisinas. Cuando terminaron, él me saludó muy gentil. Le confesé que yo hacía algunos poemas y se interesó por ellos. Así quedamos en encontrarnos en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas.

Sin embargo, debo recordar que nuestra amistad no se estrechó hasta el año siguiente en que los estudiantes de la escuela de Letras de la Universidad de La Habana quisimos tener una revista y preparamos un número porque Nicolás cumplía sus 60 años en 1962. Entonces lo armamos y se lo llevé junto con Zaida Rodríguez, profesora de la Universidad de La Habana.

El estudiar propiamente la obra de Guillén debo agradecérselo a la Casa de las Américas. Mario Benedetti y Roberto Fernández Retamar me encomendaron la tarea de conformar el volumen de la colección que se llama todavía Valoración múltiple —recopilación de textos sobre un autor—, dedicada a Nicolás.

A partir de entonces, por razones obvias, comencé a frecuentarlo, a pedirle materiales e incluso a visitar el Instituto de Literatura y Lingüística, donde estaba el gran archivo de la obra de Guillén.

La publicación vio la luz en el año 74, aunque había comenzado dos años antes cuando Guillén cumplía los 70. Ese trabajo me puso ante la realidad de que necesitaba hacer un estudio muy particular de su obra, pero no a través de todo lo que se hubiese escrito sobre él, sino de dos conceptos muy importantes: la Cuba que descubre su vecindario más cercano, que es el Caribe, y el papel que desempeñó el componente cubano de origen africano.

En realidad, al amparo y al entusiasmo de Ernesto Guevara —así hay que reconocerlo—, se comenzaron a hacer una cantidad de encuentros, de confrontaciones, en relación con la pertenencia de Cuba y la Revolución Cubana, a esos ámbitos. Decidí escribir este ensayo que lleva el título del de Guillén, «Nación y mestizaje», donde quizá algunos estudiosos puedan pensar que desconocía los problemas de la forma. Y es así, porque en realidad eran aportes que habían establecido otros críticos, como Ángel Augier, José Antonio Portuondo o Mirta Aguirre… quienes estudiaron la obra de Nicolás desde una perspectiva literaria. Yo quise hacer un poco de sociología de literatura desde el punto de partida de esos dos conceptos, el de nación y el de mestizaje.

Framento de la entrevista a la poeta cubana Nancy Morejón. Pueden continuar leyendo en el enlace que aparece abajo.

Fuente: http://laventana.casa.cult.cu

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