Tuesday, May 15, 2007

EL EMBRUJADO

Ovidio nació ciego pero extraño. Tan pronto se levantaba de la cama le daba por narrar sus sueños, o visiones sobre hechos por suceder. Destacó de otros niños por aquella capacidad sensorial, que sobrepasaba con creces una condición normal psíquica. A medida que crecía, se mostró como superior a un ser ordinario.

Ponía tal énfasis en la descripción de sus sueños - dando detalles de lugares en los que físicamente nunca había estado, y que dada su condición de invidente, de hacerlo, tampoco habría visto - que nadie se atrevía a ponerlas en duda. Escucharlo contar una de sus odiseas, era como ver una película. Varias de sus predicciones se hicieron realidad, dejando una imborrable marca de dolor en su propia familia, como cuándo predijo la muerte de su abuela paterna, que dejó este mundo tres días después. Otra fue cuando les dijo a sus padres, “que la esposa del alcalde iba a acabar con su vida a cuchilladas por un arranque de celos”. Los padres al escucharlo, se aterrorizaron porque si alguien, que no fuera ellos lo escuchaba mencionar una cosa como esa, iban a pensar y decir que tenía “al mismo diablo adentro”.

Su fama se propagó. Por la calle le decían “el embrujado”. Sus padres, Rogelio y Cándida vivían en una zozobra constante, temiendo que en cualquier momento apareciera una turba enfurecida y dispuesta a lincharlo. Fue él quién decidió “que iban a llevarlo a ver un famoso curandero que hacía trabajos espirituales”.
Aquella esperanza los llevó a la zona norte del país, así que harían el viaje “para saber si de verdad estaba poseído por algún espíritu malo”, como temían. Y es que, no querían por nada del mundo, que por cosa de este hijo “sus almas fueran a verse comprometidas con el demonio”.

Se levantaron temprano y caminaron con rumbo al mercado -que no quedaba muy lejos de su casa- para montarse en un camión que fuera al norte. La sorpresa que se llevaron los dejó boquiabiertos, porque al llegar a la propiedad del curandero, Ovidio comenzó a describir paso a paso todas las características del sitio y las físicas del famoso brujo, a quién aún no tenían oportunidad de conocer. Su madre, doña Cándida una mujer entrada en los cuarentas, obediente a Dios y que se caracterizaba por una profunda convicción católica, al escucharlo se llevó ambas manos a la boca. Sus ojos comenzaron a lagrimear y a parpadear con insistencia, como luces de luciérnagas en la época, en que estos parajes se visten de penumbra. No podía creer que su Ovidio, fruto de sus entrañas y al que había traído al mundo, estuviera “poseído por algún espíritu negro”. El sólo hecho de pensar una cosa así le produjo escalofríos, e hizo que comenzaran a erizarse los bellos de sus brazos. El padre de Ovidio, contrario a su mujer, lo escuchaba azorado, envuelto en un manto de curiosidad, por saber la fuente de donde su hijo extraía todas estas extrañas informaciones, que tanto terror y miedo causaron entre sus vecinos.

Agotados de hacer antesala, salieron a caminar por el patio del fondo en la casa del brujo, se detuvieron a mirar unos naranjos florecidos que estaban cundidos por abejas, sobrevolándolos en sus ramas y que en los troncos, estaba lleno de gallinas guareciéndose del intenso calor tropical. Las gallinas lucían mareadas y corrían como drogadas, tropezando con los pies de los visitantes por una extraña e idílica felicidad. Siguieron andando y se acercaron a la jaula, en donde aquel hombre de ocultos saberes, criaba una enorme boa de color gris pardusco. Ahora sabían por qué había tantas gallinas andando por el patio. El joven se acercó hasta la boa, y su madre corrió a agarrarlo, no fuese a pagar su curiosidad con creces. Esa culebra podía tragarse un becerro fácilmente, y mucho más fácil, a un muchacho delgaducho que no llegaba a pesar cien libras.

El padre volvió a la entrada para ver como iba la fila de pacientes, que esperaban la bendición de ser atendidos por el brujo. Se enteró que “quedaban varias personas -según le dijo una señora que se encargaba de repartir los números- y eso que madrugaron”. Habían salido de casa, aún cuando la luna brillaba tanto, que en un momento pareció afectar la virginidad de las niñas de los ojos. Al instante, Rogelio no sabía de dónde o cómo, pero cuando volteó estaba a su lado un hombre de cuerpo enjuto, con el rostro ensimismado por la mansedumbre, que se atravesó en su destino cuando quiso volver al lugar donde doña Cándida y Ovidio lo esperaban, y le dijo:
–Lo estaba esperando desde hace varios años. ¿Adónde está el muchacho? - Don Rogelio no pudo esconder su nerviosismo, y exclamó:
– Allá. - Señalando con el índice, mientras no paraba de balbucear frases incomprensibles. El curandero se quedó observándolo a la cara por un momento, y luego preguntó:
-¿Por qué se ha puesto usted tan descolorido? - Pregunta que no necesitó respuesta. El padre de Ovidio en su desconcierto, no supo qué responder.
– Pues no sé.
- No te preocupe hijo que yo no soy el diablo, y mucho menos uno de sus sirvientes. Ahora dime una cosa... ¿adónde está el muchacho? - El padre, sintiéndose incómodo por la insistencia del brujo, lo llevo al lugar adonde estaba sentado: Una banca de madera bajo la sombra de una mata de palma.

No hizo falta que le mostrara a Ovidio, porque se buscaron los ojos uno al otro, rastreándolos en la brisa como hacen los venados en época de apareamiento. Se tutearon de párpados a párpados -a pesar de la ceguera física de Ovidio- sonrieron, y con una actitud que llenó de asombro a sus padres, Ovidio abrazó al brujo, y recibió respuesta tal, como si se tratara de dos viejos amigos que hacia mucho tiempo que no se veían.

- Este muchacho no tiene ningún problema. Sólo trajo abierto el ojo de la conciencia, y puede ver e interpretar los mensajes que se esconden en los sueños. Un don que no tiene todo el mundo. -Dijo el brujo, mientras el padre de Ovidio se quitó el sombrero. Se podía leer miedo y duda por la forma como se mordió los labios. La total incertidumbre, fue motivada en parte por el aura de superstición que rodeaba a su hijo. La madre interrumpió al curandero para preguntarle:
- ¿Entonces Ovidio no está embrujado como dice la gente?
- Claro que no. Las personas juzgan como “malvado”, todo aquello que desconocen y como no pueden explicarse, ni el por qué de esas cosas desconocidas, terminan atribuyéndoselas a un supuesto ente maligno.
- Entonces, ¿cómo podemos ayudarlo a que sea normal? –Dijo Rogelio.
- Pero sí le acabo de decir que el muchacho no tiene ningún problema. -Reiteró el curandero, que descansaba sus manos en un grueso collar de semillas de zambo. Algo sobresaltado porque sentía, que aquellas palabras lo juzgaban también a él, por su tono sentencioso. - Denle gracias a Dios que los bendijo con un hijo, que puede mirar lo que existe más allá de lo que vemos.
- Seguiremos su consejo. - Respondió el padre de Ovidio, que por dentro, se mostró renuente a aceptarlo. Desilusionado de que Ovidio no iba a ser como los demás. Llegó a pensar en dejar al muchacho abandonado en la propiedad del curandero, pero se abstuvo de decírselo a su mujer por temor a su reacción, pues a pesar de que ya lucía cansada de tener que lidiar con la anormal situación de su hijo, se rehusó con vehemencia a internarlo en un orfanato.

Ovidio, ajeno a lo que discutían parecía estar en las nubes. Sus ojos se aletargaron, cayó sumergido en un profundo trance -como si gozase tras ingerir una infusión de peyote - una cascada de saliva comenzó a caerle del extremo izquierdo de la boca adonde hacía festín un enjambre de moscas, que su padre las espantó de un sombrerazo. Mientras la madre sacó un pañuelo de un bolso rojo y lo limpiaba, Rogelio pensaba “¿porqué Dios mío? ¿Qué hice para merecer un hijo como éste?” El curandero, bajo la excusa de tener que atender a otros enfermos les dijo que se retiraba, y se acercó a darle un efusivo abrazo al nuevo miembro de la manada sagrada, que desde el suelo, sonrió mirándolo a los ojos, como un niño mongólico.

Resignado, Rogelio se echó a su muchacho al hombro con rumbo a la carretera para coger un camión, y volver al pueblo de donde venían. Ahora se sentían abrumados. Con más incertidumbre que cuando llegaron. Porque habrían venido con la esperanza de que la sabiduría de aquel hombre, pudiera librar a su vástago de la demoníaca posesión, pero –ahora- gracias a los consejos de aquel hombre, las cosas se complicaban mucho más, y no sabían qué hacer para resolver la angustiosa situación del hijo.

A un lado de la carretera, cerca de una hondonada cubierta de plantas de maguey y sábila, caminaron esperando a que cualquier vehiculo que pasara con dirección al oeste los recogiera. La carretera no estaba pavimentada, era más bien una trocha llena de hoyos, abierta entre montañas y los llanos de Esterohondo. El tráfico de camiones cargados de víveres y animales con destino al mercado de la ciudad a su paso, formaban nubes de polvo de color rojizo, que terminaron endureciendo los rostros de los pocos pobladores que vivían en esa apartada zona del país. Mientras esperaban, el sol se fue hundiendo detrás de la cadena montañosa que rodeaba todo el oeste, y los vestigios de vida o esperanza, fueron despareciendo con él. Las ranas comenzaron a croar, en una cañada que desembocaba en laguna, y era la fuente de agua potable del poblado. Esa noche el cielo estaba algo borroso, como si fuese a llover, pero el poblado llevaba varios meses sumido en una de las más cruentas sequías, que ya habían matado a gran parte de los animales domésticos.

Don Rogelio y doña Cándida caminaban. No sabían si agradecer o maldecir a Dios. Año tras año la carga emocional se acumulaba, originando conflictos en su matrimonio. Sentían desilusión. Su único hijo no era como los demás muchachos ni lo iba a ser nunca. Ovidio, raíz de la tristeza que ondeaba en los ojos de Rogelio, fue esgrimido para amenazar más de una vez a su mujer, y ella al ser maltratada, comenzó a sufrir problemas de baja estima, responsabilizándose por que “ni siquiera fue capaz de darle un hijo, que fuera motivo de alegraría en su corazón”.

***

Como cada noche Cándida se echó a llorar, maldiciéndose a sí misma por la tragedia. Después de caminar varias horas, se detuvieron cerca de unos peñascos, y se sentaron a esperar a que alguien se parara a recogerlos o de lo contrario, iban a tener que amanecer ahí. A lo lejos se escuchaba ruido de los chivos y perros. Cándida se alejó un poco de ellos para satisfacer una urgente necesidad fisiológica, bajo la mirada de Rogelio que la vio desaparecer detrás de unos arbustos, y aprovechando la situación se incorporo, y se quedó observando a su hijo, que continuaba sentado en los peñascos -luciendo meditabundo como un caballero errante -se agachó a recoger una piedra puntiaguda, que estaba cerca de una plata de mierda de chivo, y se paró frente a él, lo agarró por el cuello con la mano derecha obligándolo a ponerse de cara al suelo, alzó la piedra y enseguida, se escuchó un golpe brusco en la oscuridad, seguido de un ligero grito humano. La sangre se fue apostando en torno a la cabeza machacada del muchacho. Rogelio comenzó a caminar con destino a la cañada, por donde momentos antes había visto a doña Cándida desaparecer entre arbustos. Bajo una ataque de ansiedad, y luciendo como enloquecido, se detuvo por un momento en medio de la oscuridad, a recoger un palo que vio tirado en el suelo, lo recogió y siguió abriéndose paso entre las ramas, Cándida que no se inquietó al verlo venir, porque ni siquiera tuvo tiempo para percibir su intención, la encontró aun aplastada con su ropa interior a medias rodillas, pero al verlo con el palo en la mano, se quedó mirándolo a los ojos. Él se acercó y ella gritó, e hizo un gesto para defenderse colocando sus manos sobre la cabeza, pero comenzó a golpearla de manera inmisericorde, como si estuviese poseído por algún demonio. De nada valieron sus gritos, porque el hombre no paro un instante de golpearla, hasta que finalmente se desvanecieron con la acción cómplice de la brisa, que estaba haciendo esa noche. Los golpes le desfiguraron la cara, tenía roto el cráneo y varias costillas.
Rogelio, arrojó el palo cerca del cuerpo y comenzó a caminar con destino a la carretera, como si fuese uno de los tantos fantasmas que merodeaban en esa zona -según los habitantes.- Caminó hasta que vio a lo lejos las luces de un camión acercarse por al oeste. El conductor como era costumbre, al verlo se detuvo a recogerlo. Subió a la parte trasera del camión, e hizo una señal con su dedo pulgar al conductor para que pusiera en marcha. Nunca más lo volvieron a ver por esa parte del país.

Dicen que se fue a vivir a un poblado cercano de la costa, en donde tenía algunos familiares paternos que lo ayudaron a comenzar una nueva vida. Pasados tres años, se casó con la hija de un hacendado de la zona que había quedado viuda con tres hijos, dos hembras y un varón que lucían saludables, y a sus ojos bastante normales, sin manifestar el extraño comportamiento de su hijo Ovidio, por lo que ahora se sentía feliz y realizado, salvo algunas ocasiones, en que le entraban ataques de pánico y ansiedad. Entonces, desaparecía de la casa por horas, y lo encontraban sentado en los farallones, con la mirada clavada en la profundidad del océano, como huyéndole al pasado. Su mujer que era diez años menor que él, no se atrevía a preguntarle nada, ni en lo referente a su pasado -del que Rogelio reaccionaba en forma airada al ser cuestionado- ni de sus constantes pesadillas, notorias porque la despertaba en medio de la noche cuando, forcejeando con alguien imaginario, lanzaba gritos que aterrorizaban a todos en la casa.

Los nervios y el temor de algo amenazante para sus hijos, la llevaron a ofrecerle “ir a ver a una señora que hacia trabajos espirituales”. Rogelio no la contradijo y le prometió que irían, una vez que la contactara. Al poco rato salió como siempre, con destino a los farallones pero al acercarse la hora de la cena no regresaba, así que ella salió corriendo a buscarlo pensado siempre en lo peor, ante el peso del luto avecinándose de nuevo, pero como nunca encontraron el cuerpo de Rogelio, y ella nunca aceptó su muerte, a la hora de la cena, colocaba su plato en la mesa, ante la mirada de reproche de sus hijos, esperanzada de que “algún día volvería a verlo cruzar la puerta”.


Daniel Montoly®

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