
Albaralbardez y Net
El maestro miró al discípulo, y ambos compartieron la ironía de una sonrisa. Se acercó a la ventana a observar la belleza de la ciudad de Florencia. La cúpula del Palazzo Vecchio, los techos de las casas colindantes al Ayuntamiento, y el cielo, estruendosamente azul, que casi ahogaba todo el paisaje.
Él se puso cómodo frente al ubicuo espejo, que tenía en su estudio. Tomó un pedazo de carboncillo en la mano. Comenzó a hacer trazos con él para su futura obra.
Quinientos años después, el enigmático acto de coraje personal mantiene insomnes a historiadores del Arte y a los curadores de los museos europeos.
Daniel Montoly©
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